lunes, 21 de abril de 2014

2 Norte 1189

La última vez que recuerdo haber viajado donde mi abuela en Viña yo estaba en el colegio. Fui sola de vacaciones porque unos amigos estaban allá, como iba desde chica conocía muy bien la ciudad.
Entré a la casa y no tenía el mismo olor de siempre, tenía olor a orina. Así tal cuál, orina y humedad. Como si estuviera abandonada.
Llegué muy temprano y me acosté en la cama que mi abuela había preparado para mi.
Mi tía abuela que vivía con mi abuela ya estaba en cama, con una pierna menos gracias a la diabetes y en las noches la cuidaba su nuera, algunas noches.
Tuve 15 minutos de sentir pena por mi misma, por mis vacaciones hediondas a orina y porque mis planes se fueron a la cresta.
Me levanté y empezó el desaolojo, de olor a orina, de olor a humedad, de olor a abandono.
Claro, a veces llamábamos y estaba todo perfecto. "No necesitamos nada le decían a mi papá", el orgullo hablaba por ellas. De toda la vida ser las que nos recibían y cuidaban, a ser las cuidadas.
Se limpió la casa, se prendió la radio (Radio Festival) y nos pusimos a desgranar porotos.
Ese olor, maravilloso de las abuelas volvió.
La casa humilde, llena de parches, sin agua caliente, baño y cocina hechos de piedra, las fonolas que se corrían para dejar entrar la luz y la amenaza invernal del Marga Marga.
En la esquina la Sra. Chila con sus dulces y al lado el doctor que nos sacaba de apuro.
La casa hermosa, de mis viejas llenas de amor, de recetas caseras y de historias de la socialité de la Quinta Región fueron las que le dieron el calor de mis vacaciones de verano, tantos años.

Mi abuela Elena, ella trabajaba de nana y no he conocido a nadie que cocine como ella. Como no tenía dientes y a pesar de hacer las comidas más ricas, sólo se alimentaba de sopita de sémola.
En cambio mi abuela María, tremenda, gigante era una golosa. Nuestra traficante de dulces y chatarra. Ella se encargada de las compras, y también era nana.

Ambas educaron a mi papá, con lo mejor que pudieron darle: amor.
En su humildad nos amaron intensamente y nos entregaron cada pedacito de su vida para que nosotros fuéramos felices.

Podría escribir un libro sólo de los pequeños gestos de mis viejas, hermosas viejas.
Mis vacaciones no resultaron como lo esperé, tampoco lo comenté a nadie porque era su intimidad.
No era justo que yo pasara por sobre la dignidad que ellas tanto cuidaban.

Al tiempo, esa casa la pidieron y hoy es un gran edificio amarillo, que al ver no puedo evitar llorar por minutos.

Mi abuela Elena murió con todos nosotros a su alrededor, está sepultada en la tumba de la casa de los patrones. No como una limosna, sino porque ella también fue su familia.

Mi abuela María se fue a Concepción a vivir con mi papá. Después de la muerte de mi padre, vivió con nosotros y murió plena, llena de amor.

Nos quedan los recuerdos y el amor.
Para siempre y por siempre.